La cultura del teatro. José Monleón

EDITORIAL de la revista PRIMER ACTO 346
La cultura del teatro. Eugenio Barba y Rodrigo García, por José Monleón

- PRIMERA PARTE -

La historia siempre la ha contado el Poder, y la Victoria ha legitimado sus relatos. Para la mayoría de las personas ha sido esencial entender su vida dentro de su relación con los acontecimientos, sin más escape que la imaginación. De forma que si incluimos el teatro como una de las expresiones de esta última, comprenderemos de inmediato que no se trata de un compendio de invenciones colectivas sino de la historia velada del hombre. La reflexión se complica cuando caemos en la cuenta de que el teatro ha sido también, muchas veces, cómplice de la Victoria y ha servido para imponer normas, creencias y principios que han destruido la existencia del imaginario.

Entendidas así las cosas, es obvio que el teatro no es un simple espectáculo dedicado al entretenimiento del público y el examen de sus formas y propósitos, sino que puede ser un camino de concienciación personal para muchos condenados al vacío. Esto explica dos hechos: la evolución de las formas teatrales y el inmovilismo de tantas expresiones escénicas, centradas en la magnificación del oficio –dramaturgos, directores y escenógrafos– básicamente apoyada en la repetición de los éxitos. Lo que obliga a dividir los espectáculos en dos grupos: 1º.- Los hechos para gozar de los valores espectaculares, incluida la aportación de los actores. Y 2º.- Los que descubren o rescatan para sus espectadores una relación con la realidad generalmente excluida en la comunicación dominante. División que, en términos políticos o filosóficos, nos lleva a identificar a los primeros con la aceptación de la realidad establecida y, a los segundos, con el deseo de un cambio integrador de todos los espectadores.

La primera y fundamental consecuencia de esta reflexión supone una diferente atención al teatro en las sociedades que, como Francia, han gozado de la libertad y esperanza propia de una herencia de la Ilustración, y el caso de una sociedad como la española, donde el teatro ha merecido un menosprecio y abandono muy en la línea de sus totalitarismos históricos, civiles o religiosos, salvando el caso de la pugna, siempre mal contada, del Siglo de Oro. Una cita podría venir al caso. Corresponde al poeta Luis Cernuda y forma parte de un trabajo publicado en El Mono Azul que dirigía Rafael Alberti. Fue en 1937 y tiene especial y amargo interés si pensamos que la Segunda República Española se había significado, con la creación del Festival de Mérida, La Barraca, el Teatro de las Misiones Pedagógicas, los Teatros de la Guerra, las Guerrillas del Teatro, en la conquista de un público popular. Cernuda escribía: “No creo que quepa mayor abyección que aquella en que había caído nuestro teatro. Hasta tal punto que el rubor coloreaba las mejillas al leer cualquier cartelera de espectáculos. Allí aparecían, codo con codo, los imbéciles y los arribistas, la ñoñería con la desvergüenza. La guerra, que tantas cosas ha removido y que, di-rectamente, ha podido ser el origen de una total desaparición de esas obras teatrales embrutecedoras del público no parece aportar, hasta ahora, una rectificación. Vaya por delante que en momentos como el actual de España, todo está subordinado a la Guerra ¿Pero es que las obras re-presentadas en Madrid o Valencia, no tienen una repercusión en el espíritu de los espectadores? “

Los problemas de la República

Después de explicar, en muchas páginas de su Historia de España, el carrusel de quienes la han gobernado, (Historia de España; dirección Manuel Tuñón de Lara, volumen 9; 1992; Editorial Labor, Barcelona), total o parcialmente, casi siempre en disputa, y mostrar hasta qué punto el periodo que siguió a la penúltima restitución Borbónica fue agitado y tragicómico, nos resume con el título de este ladillo, a cuenta de los problemas de la Segunda República, lo siguiente: 1.-“Se trataba de un nuevo sistema constitucional y político, que quería ser estrictamente democrático, pero sin plantearse un cambio social en el sentido de cambiar el modo de producción sino, en todo caso, un reformismo social para paliar injusticias, liquidar arcaísmos y ponerse a tono con el capitalismo contemporáneo. Sobre la República, iban a recaer tantos y tantos problemas como venían de antaño, a los que se unirían los creados por la reacción de quienes se habían visto desposeí-dos del poder político y temían verse privados del económico, así como una coyuntura inter-nacional de crisis”. 2.- “El primer orden o nivel de problemas concernía a la economía. El atraso estructural de España había creado un problema fácilmente comprensible por las enormes des-igualdades de propiedad, exceso demográfico, baja productividad, y falta de demanda de brazos en las zonas urbanas lo bastante fuerte para des-congestionar el campo”. 3.-“Los aspectos ideológicos y la crisis de Estado, que engendraron una serie de problemas, en primer lugar los de la función del Ejército en el sistema y de las relaciones entre el Estado y la Iglesia”. Punto éste espinoso por la identificación eclesiástica de la religión y el orden social y su presencia tradicional en el campo de la educación. 4.- “El problema, largo tiempo y nunca solucionado de las distintas nacionalidades existentes dentro del Estado Español”; y 5.- “Las organizaciones de clase del bloque eco-nómicamente dominante, dispuestos a desempeñar la doble función de grupo de presión sobre un gobierno con el que ya no tenía los vínculos de antes, y de sindicato patronal para enfrentarse frontalmente con los asalariados”.

¿Dónde situar la cultura y el teatro en esa sociedad? No puede sorprender que, en ambos casos, la iglesia intentara imponer su magisterio secular, y que las organizaciones populares, afectadas por normas y estructuras que lesionaban su supervivencia, rara vez entraran a fondo en la cuestión. Del simplismo del proletcult y del realismo socialista de la URSS llegaría la legitimación del obrero rebelado y rector. Pero era obvio –y el comunismo acabó pagando trágica-mente su error– que la formación política exigía algo más que una biografía de lucha y sacrificio y la visión primaria, como canta la Joven Guardia, del “burgués incansable y cruel”. Paulatinamente, una serie de personas así lo entendieron, pero –y también en España, con una larga y autoritaria pedagogía de la sumisión– nos faltó que el impulso democrático, que sí arrastró a un montón de españoles ejemplares, madurara entre la mayoría. De añadidura, las crónicas nos hablan de las crisis económicas de la época, que, según podemos comprobar en nuestros días, son siempre aprovechadas por una minoría.

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- Sumario Primer Acto 346 -

Primer Acto

Primer Acto. 358
Primer Acto. 358

Textos Teatrales

  • Itsi Bitsi”, Iben Nagel Ramussen (Odin Teatret). Primer Acto, 346 (enero-junio 2014): 102-109
  • “La selva es joven y está llena de vida”, Rodrigo García. Primer Acto, 346 (enero-junio 2014): 174-193
  • “Linfojobs”, María Velasco. Primer Acto, 347 (julio-diciembre 2014): 47-54
  • “La araña del cerebro”, Nieves Rodríguez Rodríguez. V Premio Jesús Domínguez. Primer Acto, 347 (julio-diciembre 2014): 116-153
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